La diversidad cultural en Argentina, ¿Un atractivo turístico?



Durante siglos América Latina fue, y sigue siendo, uno de los territorios colonizados más sometidos al aval del estereotipo europeo e incluso del “sueño americano” arraigado por Estados Unidos.

El estereotipo europeo, mirado desde la consideración de la “blanquitud” como etnocentrismo, incluso en un siglo que presume haber dejado en la historia la discriminación racial, parece ser el significante central que reduce a unas cuantas características, tales como la vestimenta, las aspiraciones sociales y laborales de los ciudadanos, a la sociedad argentina. Tal como lo dice Hall, el estereotipo como práctica significante es central a la representación de la diferencia racial (Hall, 2010: 429).

Ahora bien, dentro de ese estereotipo, dentro de lo respectivo a la nacionalidad argentina, consideramos algunas cuestiones típicas de nuestro país como “tradición”. Pero ¿Qué es la tradición? ¿Referirá a aquello perteneciente a lo popular? En Argentina tomamos como tradición, principalmente, a aquellas prácticas o costumbres, que eran comunes entre los habitantes en los años 1810 y 1816 (cuando se llevan a cabo acontecimientos como la formación de la Primera Junta de Gobierno y la Independencia, respectivamente). En estas podemos tomar como costumbres tradicionales al mate, el asado, los bailes folclóricos, las vestimentas de los gauchos, etc. Pero, entre estas prácticas “tradicionales” ¿dónde quedan las tradiciones y costumbres de los pueblos originarios que habitaban el territorio?

Sabemos que, durante el desarrollo de Argentina como país independiente de la corona española, la mirada hacia Europa como modelo era una de las principales prácticas de las aspiraciones políticas, sociales, económicas y, hasta incluso, artísticas, como la literatura, la pintura, etc., sometiendo a la identidad aborigen a la discriminación y represión. De este modo, el proceso de colonización con respecto a los pueblos originarios seguía vigente. Esto es, intereses por las tierras, por las riquezas naturales, etc. La fijeza del etnocentrismo, si tomamos fijeza desde las consideraciones de Bhabha, radica entonces en dejar de lado a toda cultura que figure como diferente en términos de intentar “imitar” a los estereotipos europeos vigentes de la época. Bhabha lo expone diciendo que:
Un rasgo importante del discurso colonial es su dependencia del concepto de "fijeza" en la construcción ideológica de la otredad. La fijeza, como signo de la diferencia cultural/histórica/racial en el discurso del colonialismo, es un modo paradójico de representación; connota rigidez y un orden inmutable así como desorden, degeneración y repetición demónica. Del mismo modo el estereotipo, que es su estrategia discursiva mayor, es una forma de conocimiento e identificación que vacila entre lo que siempre está "en su lugar", ya conocido, y algo que debe ser repetido ansiosamente ... (Bhabha, 1994: 90)



En la actualidad, en muchos sectores del país, se habla del respeto a la diversidad cultural como práctica esencial del siglo XXI. Sin embargo, la sociedad argentina, podemos decir, la de las grandes capitales de la nación, toma a la diversidad cultural como un producto más de consumo. La identidad de las etnias aborígenes, originarias del actual territorio argentino, queda reducida así a una especie de atractivo turístico, un producto más de consumo entre la cultura de masas. Tal como lo dice Maximiliano Mamaní, un adolescente tilcareño, descendiente de los pueblos originarios, en el corto Bailar para movilizarse: “Argentina no reconoce la diversidad étnica […], y si lo hace, la reconoce solamente como proceso histórico”. 

Al ser considerada como parte de un proceso histórico, de una circunstancia más de la formación de la nación argentina, la representación de las tradiciones originarias, como el carnaval, la fiesta de la pachamama, la cosmovisión andina, etc., quedan reducidas a un mero producto más del consumo turístico. De esta forma, la identidad aborigen, esa construcción del otro según la perspectiva de las poblaciones capitales argentinas, se construye, en palabras de Maximiliano, “desde la negación sistemática aplastante, de lo distinto, de la otredad, en un reconocimiento no real, sino simbólico y folclórico”.

Comentarios

  1. Considero que la reivindicación de lo cultural indígena es acción propia solo de una escasa parte de lo que es el norte argentino. Y con ello me atrevo a contestar afirmativamente la pregunta del título de tu posteo. Sin ir más lejos, nuestros valles son la muestra fehaciente.
    “La diversidad cultural como un producto más de consumo” extraigo tu cita y agrego algo que muchas veces he escuchado, “busca al cacique de Amaicha, por dos mangos te venden un terreno”. En este caso solo interesan los aborígenes cuando de sacar provecho se trata. Quizás la situación socio económica los lleva determinar estas acciones, como las de desprenderse de sus tierras. Otro ejemplo de esto son los intereses de políticos, quienes poseen el capital y el poder para usufructuar, como fue la instalación de un hotel en proximidades a las Sagradas Ruinas de Quilmes. Por suerte esta obra fue parada por grupos que valoran el otrora asentamiento precolombino y procuran reivindicar la importancia de la Cultura Calchaquí a través de los relatos y del cuidado de los restos de la Ciudad Sagrada.
    Hay muchos más ejemplos de esa “visión turístico económica” de la cultura indígena solo basta con dar un paseo por los valles y no ver, sino mirar lo que realmente pasa.
    Saludos cordiales.
    Claudia Acosta

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